Alfredo Díaz Donate

 

 

 

UN SUEÑO QUE PASÓ

 

Quietud y más quietud

que la brisa entre los nidos duerme ya;

silencio y más silencio

que los grillos han dejado de cantar;

 

No corren las estrellas,

gravitan en el cielo sin pasar;

estáticas fragancias en el aire

y el tiempo se ha tornado eternidad…

 

Descansa, alma, descansa;

intenta en este seno reposar;

olvida tu tristeza,

y sueña otro vivir, morir quizás.

 

Ya empiezas a dormirte

¡oh súmete en el sueño sin penar!…

no creas que la materia vaya a herirte

la noche la sujeta sin cejar.

 

De pronto hubo una queja

y el cuerpo comenzó, rudo a temblar:

angustia sin pareja,

después un gran anhelo y espirar…

 

¡Terrible alumbramiento

de un alma que nació a la libertad! 

pasé por las estrellas intuyendo

sus leyes en mi rápido volar;

del éter las bellezas recogiendo

guirnaldas de esplendores supe formar.

 

Allí el gozo y la luz

en abrazo esencial se confundían

verdad, amor, virtud

en nítida fusión se les unían.

 

Allí entreví el tesoro

de la paz que devuelve la alegría

y el apolíneo coro

do nace la más pura armonía.

 

Mas una voz querida

de timbre cadencioso y sin rival

dijo:  ¡vuelve a la vida

porque esto no es morir,

esto es soñar!

 

¿Quietud? ya no hay quietud,

que la brisa entre los nidos juega ya;

¿Silencio? no hay silencio,

que los pájaros quebraron su cristal;

ya corren las estrellas,

no quieren sobre el aire gravitar;

dinámicas fragancias en el aire

y el tiempo se desgrana sin piedad.

 

-Despierta, alma despierta

que tienes en el mundo que luchar;

enjuga tu tristeza,

 oculta el sufrimiento en tierno amar.

 

Ya vas a despertarte

no quieras este sueño prolongar

-continuaba la voz de la conciencia-

que el sueño más feliz da más pesar.

 

De  pronto hubo otra queja,

que el cuerpo no quería perder su paz;

¡Nostalgia sin pareja

y el alba me ayudaba a despertar!...

 

¡Cruel abatimiento

de un alma que entrevió la libertad!

 

 

 

 

 

RECUERDO DE CUANDO JUGABAS

 

Blanca luz en tu zapato breve

va dejando el espirante sol;

tenue brisa a tu mano breve

va viniendo de la tarde en pos:

¡juega, juega, mi amor!

 

Vas tejiendo con tus pies ligeros

albos copos de mi tierno amor

y conjuras los pesares fieros

de mi alma en su fatal dolor:

¡juega, juega, mi amor!

 

Yo adivino tu silueta amada

enmarcada bajo el leve tul

de tu luenga cabellera de hada

con reflejos de la noche azul.

 

Haz que floten en el tibio ambiente

mil estelas de tu vida en flor;

y que llenen el espacio riente

los matices de tu dulce voz.

 

Canta y dime la leyenda pálida

de aquel conde que murió de amor

o la endecha rumorosa y cálida

de la infanta que se trueca en flor.

 

Yo te escucho en el dintel lejano

de la noche que se va a cerrar

y me elevo sobre el mundo vano

recogiendo tu feliz cantar.

 

¡Quién pudiera sobre el aura en calma

de tus juegos recoger la paz!

para en ella remozar el alma

disolviendo su dolor tenaz.

 

Yo por siempre conservar quisiera

De tus ojos la irisada luz,

De tus cantos la alegría hechicera,

De tus risas la pueril virtud.

 

Juega y ríe que vendrán los años

y las penas tu frente rozarán.

¡Dios preserve de los desengaños

con tu juego el inefable afán!

 

 

 

Yo entre tanto plantaré beleños

en el huerto letal de mis amores

que conserven la paz de tus ensueños

y defiendan tus dichas de dolores.

 

 

 

CUANDO YO TE CONOCÍ

 

I

 

Tú ya no te acuerdas, pero yo sí…

cuando yo era niño

¡los sueños que me hiciste concebir!

Tú habrás olvidado, pero yo no;

préstame tu agrado

y escucha indulgente esta mi voz

 

II

 

Qué mansa la tarde espiraba,

que triste moría aquel sol,

y apenas el mundo les daba

un frío y melancólico adiós.

 

Era otoño, los árboles lacios

exhalaban su escaso verdor;

la noche invadía los espacios

difundiendo su negro pavor.

 

El paisaje yacía sombrío

sin flores, sin luz, sin rumor;

el otoño implacable y baldío

tornaba la vida en sopor

 

y yo absorto, de pie ante el paisaje,

sentía mil anhelos de huir tras el sol

y apuraba el amargo brebaje

de penas profundas de acerbo dolor.

 

Qué mansa expiraba la tarde,

qué triste moría aquel sol;

de mis labios en férvido alarde

brotó esta sentida canción…

 

III

 

¿Dónde estáis mis seres amados

que el destino cruel dispersó?

¿en qué lares del mundo, ignorados,

el olvido sombrío os sepultó?

 

¿Dónde estás dulce hogar tan risueño,

que la muerte envidiosa extinguió?

¿dó tu fuego, leve flor de ensueño

que mi dicha naciente alumbró?

 

¿Dónde huyeron los gnomos prudentes

que forjó la infantil ansiedad,

y los tiernos afectos vehementes

que a todo extendían su piedad?

 

Mas ¡ay! Gnomos, amores y hogar…

del pasado volaron en pos;

yo quisiera seguir su volar

a los lejanos confines de Dios.

 

IV

 

La tarde extinguía su cadencia

y el sol acabó de morir;

el mundo con fría somnolencia

también apagó su latir.

 

Era otoño y los árboles yertos

dejaban sus hojas caer;

parecían fantasmas despiertos

velando celosos el anochecer.

 

Mas la luna invadió las campiñas

pintando la noche con blanco pincel,

y a lo lejos, un coro de niñas

cantaba leyendas del Conde Laurel.

 

Ya no estaba solo;

de pie ante el paisaje

alguien, con ternura

mi brazo tocó:

Érase una niña linda cual celaje,

que con leve acento

de tal suerte habló:

-         ¿Por qué estás tan solo

en noche tan fría?

los duendes del miedo

te van a asustar.

 

Su manita, mi mano ceñía

trémula, exhalando

tibiezas de paz.

 

-Mas no te conozco

te llamas…¡ Ah, sí ¡…

 

-Venía jugando, te vi y me asusté;

pero ¿ yo quién soy?

¿no lo sabes? Di.

yo soy… tu amiga, y se fue.

 

 

Se fue y me dejo generosa

su frágil manita, su cálida voz;

su imagen naciente de rosa

en mi mente brotaba precoz.

 

Yo en la noche silente y  velada

sentí mil arrullos de suave fervor,

y así terminó mi balada

perfilando horizontes de amor.

 

 Alfredo Díaz Donate

 
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