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UN SUEÑO QUE PASÓ
Quietud y más quietud
que la brisa entre los nidos duerme ya;
silencio y más silencio
que los grillos han dejado de cantar;
No corren las estrellas,
gravitan en el cielo sin pasar;
estáticas fragancias en el aire
y el tiempo se ha tornado eternidad…
Descansa, alma, descansa;
intenta en este seno reposar;
olvida tu tristeza,
y sueña otro vivir, morir quizás.
Ya empiezas a dormirte
¡oh súmete en el sueño sin penar!…
no creas que la materia vaya a herirte
la noche la sujeta sin cejar.
De pronto hubo una queja
y el cuerpo comenzó, rudo a temblar:
angustia sin pareja,
después un gran anhelo y espirar…
¡Terrible alumbramiento
de un alma que nació a la libertad!
pasé por las estrellas intuyendo
sus leyes en mi rápido volar;
del éter las bellezas recogiendo
guirnaldas de esplendores supe formar.
Allí el gozo y la luz
en abrazo esencial se confundían
verdad, amor, virtud
en nítida fusión se les unían.
Allí entreví el tesoro
de la paz que devuelve la alegría
y el apolíneo coro
do nace la más pura armonía.
Mas una voz querida
de timbre cadencioso y sin rival
dijo: ¡vuelve a la vida
porque esto no es morir,
esto es soñar!
¿Quietud? ya no hay quietud,
que la brisa entre los nidos juega ya;
¿Silencio? no hay silencio,
que los pájaros quebraron su cristal;
ya corren las estrellas,
no quieren sobre el aire gravitar;
dinámicas fragancias en el aire
y el tiempo se desgrana sin piedad.
-Despierta, alma despierta
que tienes en el mundo que luchar;
enjuga tu tristeza,
oculta el sufrimiento en tierno amar.
Ya vas a despertarte
no quieras este sueño prolongar
-continuaba la voz de la conciencia-
que el sueño más feliz da más pesar.
De pronto hubo otra queja,
que el cuerpo no quería perder su paz;
¡Nostalgia sin pareja
y el alba me ayudaba a despertar!...
¡Cruel abatimiento
de un alma que entrevió la
libertad!

RECUERDO DE CUANDO JUGABAS
Blanca luz en tu zapato breve
va dejando el espirante sol;
tenue brisa a tu
mano breve
va viniendo de la tarde en pos:
¡juega, juega, mi amor!
Vas tejiendo con tus pies
ligeros
albos copos de mi tierno amor
y conjuras los pesares fieros
de mi alma en su fatal dolor:
¡juega, juega, mi amor!
Yo adivino tu silueta amada
enmarcada bajo el leve tul
de tu luenga cabellera de hada
con reflejos de la noche azul.
Haz que floten en el tibio
ambiente
mil estelas de tu vida en flor;
y que llenen el espacio riente
los matices de tu dulce voz.
Canta y dime la leyenda pálida
de aquel conde que murió de amor
o la endecha rumorosa y cálida
de la infanta que se trueca en
flor.
Yo te escucho en el dintel
lejano
de la noche que se va a cerrar
y me elevo sobre el mundo vano
recogiendo tu feliz cantar.
¡Quién pudiera sobre el aura en
calma
de tus juegos recoger la paz!
para en ella remozar el alma
disolviendo su dolor tenaz.
Yo por siempre conservar
quisiera
De tus ojos la irisada luz,
De tus cantos la alegría
hechicera,
De tus risas la pueril virtud.
Juega y ríe que vendrán los años
y las penas tu frente rozarán.
¡Dios preserve de los desengaños
con tu juego el inefable afán!
Yo entre tanto plantaré beleños
en el huerto letal de mis amores
que conserven la paz de tus
ensueños
y defiendan tus dichas de
dolores.

CUANDO YO TE CONOCÍ
I
Tú ya no te acuerdas, pero yo
sí…
cuando yo era niño
¡los sueños que me hiciste
concebir!
Tú habrás olvidado, pero yo no;
préstame tu agrado
y escucha indulgente esta mi voz
II
Qué mansa la tarde espiraba,
que triste moría aquel sol,
y apenas el mundo les daba
un frío y melancólico adiós.
Era otoño, los árboles lacios
exhalaban su escaso verdor;
la noche invadía los espacios
difundiendo su negro pavor.
El paisaje yacía sombrío
sin flores, sin luz, sin rumor;
el otoño implacable y baldío
tornaba la vida en sopor
y yo absorto, de pie ante el
paisaje,
sentía mil anhelos de huir tras
el sol
y apuraba el amargo brebaje
de penas profundas de acerbo
dolor.
Qué mansa expiraba la tarde,
qué triste moría aquel sol;
de mis labios en férvido alarde
brotó esta sentida canción…
III
¿Dónde estáis mis seres amados
que el destino cruel dispersó?
¿en qué lares del mundo,
ignorados,
el olvido sombrío os sepultó?
¿Dónde estás dulce hogar tan
risueño,
que la muerte envidiosa
extinguió?
¿dó tu fuego, leve flor de
ensueño
que mi dicha naciente alumbró?
¿Dónde huyeron los gnomos
prudentes
que forjó la infantil ansiedad,
y los tiernos afectos vehementes
que a todo extendían su piedad?
Mas ¡ay! Gnomos, amores y hogar…
del pasado volaron en pos;
yo quisiera seguir su volar
a los lejanos confines de Dios.
IV
La tarde extinguía su cadencia
y el sol acabó de morir;
el mundo con fría somnolencia
también apagó su latir.
Era otoño y los árboles yertos
dejaban sus hojas caer;
parecían fantasmas despiertos
velando celosos el anochecer.
Mas la luna invadió las campiñas
pintando la noche con blanco
pincel,
y a lo lejos, un coro de niñas
cantaba leyendas del Conde
Laurel.
Ya no estaba solo;
de pie ante el paisaje
alguien, con ternura
mi brazo tocó:
Érase una niña linda cual
celaje,
que con leve acento
de tal suerte habló:
-
¿Por qué estás tan solo
en noche tan fría?
los duendes del miedo
te van a asustar.
Su manita, mi mano ceñía
trémula, exhalando
tibiezas de paz.
-Mas no te conozco
te llamas…¡ Ah, sí ¡…
-Venía jugando, te vi y me
asusté;
pero ¿ yo quién soy?
¿no lo sabes? Di.
yo soy… tu amiga, y se fue.
Se fue y me dejo generosa
su frágil manita, su cálida voz;
su imagen naciente de rosa
en mi mente brotaba precoz.
Yo en la noche silente y velada
sentí mil
arrullos de suave fervor,
y así terminó mi balada
perfilando horizontes de amor.
Alfredo Díaz Donate |